miércoles, 20 de mayo de 2009

sanfermines


La gente va llegando desde las 6 de mañana o incluso desde antes. Hay gente por todos lados. Unos subidos a las ventanas de los edificios, otros subidos en los posters, otros simplemente esperando con una vaso de café y un biscocho. La brisa del viento sopla sobre nuestros rostros.

Allí estamos de distintas nacionalidades: italianos, franceses, “gringos”, mexicanos y por su puesto españoles. Todos vestidos de blanco con la pañoleta roja en el cuello y una fajilla roja en la cintura. Viejos y jóvenes soportan el fresco de la mañana con la ilusión de sentir la adrenalina con la que los corredores huyen de los toros. Todos hacia la misma dirección: la plaza de toros.

Junto a mí hay una señora grande que no pudo subirse al estrado, sin embargo, no se rinde sino que persevera de pie. Un joven español comienza a amenizar la espera: “baja, bien, bien”, no, “sube, sube” al observar la preparación de la cámara que cuelga de una grúa. Luego comienza a cantar y saca a bailar a una italiana. Ella le sigue el juego y todos observar contentos la escena. Este entusiasmo lo contagia.


Otro montado le pide un pedazo de bisquet a su compañero desconocido. Una mujer detrás de mí pide al camarógrafo que filme la escena. Él asiente y ahí seguimos esperando durante un periodo de hora y media.

Los guardias y el equipo de salvamento se acercan a primera fila. Se van distribuyendo separados por unos 3 metros. Algunos sacan a algún borrachito que esté perdido en la pista. Todo está preparado. Las maquinas terminaron de limpiar el piso y está todo listo para la llegada de los toros.

Se siente como tiembla el suelo. A lo lejos se comienzan a divisar los primeros corredores, varones todos, a excepción de una o dos mujeres valientes. Luego 3 vaquillas, más gente, otras 5 vaquillas y al final un toro veloz.

Me acerco velozmente al interior de la plaza, esquivo a otro borracho dormido en el suelo. Me trepo en el barandal y comienza la función. Gritos, emoción, adrenalina… Los gritos y entusiasmo de la multitud acompaña a los valientes en este peligroso deporte. Ya son 3 o 4 jóvenes y algunos no tan jóvenes a quien el toro lastima con sus cuernos. Desde lejos sólo parecen muñecos de goma que se caen, se voltean y luego vuelven a levantarse.

Otros desafían la violencia del toro y lo incitan con un pequeño golpe en el trasero o jalándoles la cola. Otro incluso logra saltar al animal completo y agradece a la multitud sus aplausos. La gente grita y se alborota cuando observa al toro irse contra diez o doce personas que aguardan a los costados de la plaza. Sólo se ve como se dispersan y al final de nuevo se observa el contraste de la audacia y valentía del hombre contra la violencia siempre bruta, determinante pero a la vez exitante del toro.

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